miércoles, 20 de septiembre de 2017

EL RITUAL DEL RUGBY

Ritual de vendas, cinta adhesiva y protectores.
La humedad de duchas se mezcla con vapores de cremas que hacen al aire nuevo tan viejo como conocido y querido.
No hay otro ruido que tapones contra el piso. Cada tanto, se abre o se cierra la cremallera de un bolso. Algún resoplido.
Alguien silba por lo bajo para no molestar una concentración que no se rompe ni con el grito que se anima a sí mismo: "...hoy no podemos dejarnos ganar!!!..." la arenga no consiste en denostar al rival ni sobrevalorarse, sino en apelar a un sentido del honor que no es vano, es más profundo.
Siempre hay barro y agua en el piso, siempre.
Y en la cabeza, la misma letanía de afirmaciones y dudas.
"- El equipo cuenta conmigo: ¿Estaré a la altura de las circunstancias?
¿Será hoy el soñado día en que meta el try que da vuelta el partido o será ese tan temido en que me sacan en camilla?"
¿Por qué el temor a errar un tackle es mayor que el propio sufrimiento físico que ciertamente se avecina?
No hay lugar para risas, menos para aplausos. Hay un examen vital por rendir, severo, inevitable, constitutivo.
Aún sin precalentar ya corre el corazón a cien por minuto.
Imposible distanciarse en el vestuario, sin embargo se está muy solo...
¿Quién fue el que dijo que hay algo terrible en lo bello?
Un deporte en que se juega con la cabeza,
pero se paga vicariamente con el cuerpo.
Un cuerpo que no es cuerpo, es escudo y arma. Un cuerpo que no es propio, está al servicio del otro. El rugby no es lugar para violentos, sí para irascibles.
Esa ira no es violencia. Los violentos duran poco y aquí se trata de permanecer de pie frente a lo adverso. Ir para adelante, pese a todo, pero no como individuo.
Un jugador aislado en la cancha no es un héroe, es un Ulises náufrago, Ícaro derretido, Prometeo encadenado.
Como parte de un equipo, en cambio, es un nosotros.
El nosotros originario de un espíritu compartido, que inquebrantable, puede perder sin ser vencido y puede ganar sin aspirar la gloria.
Porque el verdadero resultado no está en los números, sino en haber combatido esa, la primera, la verdadera e interior batalla. 
Ale Bertoa.
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